29 de noviembre de 2013

Dies irae (César Pérez Gellida)


La acción de este thriller implacable arranca en la peculiar ciudad italiana de Trieste, frontera entre dos mundos. Augusto Ledesma elige el que fuera hogar de James Joyce como primer escenario para continuar su siniestra obra, que alimenta del aliento de sus víctimas y de la humillación de sus perseguidores. Hasta allí se trasladará el inspector Ramiro Sancho en su frenética y obsesiva persecución de un asesino en serie que parece haber acentuado su voracidad. Entretanto, al otro lado de la frontera, el psicólogo criminalista y exagente del KGB Armando Lopategui, «Carapocha», recorrerá las calles de Belgrado junto a su hija y ahora discípula con el propósito de zanjar cuentas con un pasado despiadado del que no logra despojarse. En otra vuelta de tuerca, a través de fugaces viajes en el tiempo, descubriremos cómo se fraguó la relación entre Pílades y Orestes y asistiremos a su sorprendente desenlace.

Tras el rotundo éxito de Memento moriprimera parte de la trilogía Versos, canciones y trocitos de carne, César Pérez Gellida nos conduce de nuevo por los complejos laberintos que conforman la mente criminal desde los ojos de sus protagonistas, ya sean víctimas, asesinos en serie, genocidas o quienes les persiguen. El inesperado desarrollo de los acontecimientos obligará al lector a pasar páginas en una ineludible búsqueda de respuestas.

Haciendo gala de un particular estilo cinematográfico aclamado por la crítica literaria, el autor nos envuelve en una trama adictiva, tejida a partir de un argumento sólido y pespunteado de poemas y canciones que componen una singular banda sonora del crimen.

Ya sé que esto se ha dicho, si no en todas, sí en casi todas las reseñas de “Dies Irae” pero tengo que repetirlo: César Pérez Gellida ha tirado por tierra el dicho popular que intenta convencernos de que segundas partes nunca fueran buenas porque “Dies Irae” no es que sea buena, es sencillamente excepcional y aunque me sería difícil decidirme entre ella y “Memento mori”, por aquello de que en ésta conocí y descubrí a un magnífico autor y a unos personajes impresionantes, admito que esta segunda entrega de la trilogía Versos, canciones y trocitos de carne me ha tenido enganchada y atrapada de principio a fin. 
El autor vuelve a ofrecernos una trama eminentemente visual porque estamos ante una novela que se ve, que se palpa y que se vive cual guión cinematográfico. Los personajes principales vuelven a ser los mismos por lo que nos reeencontraremos con el inspector Ramiro Sancho, con Armando Lopategui Carapocha y con nuestro refinado sociópata favorito: Augusto Ledesma.  Si ya en mi reseña de la primera entrega destaqué como uno de los puntos fuertes de la novela la construcción de los personajes, en “Dies irae” no puedo más que quitarme el sombrero ante el autor ya que la complejidad de todos ellos, especialmente de Augusto y Carapocha, el cual tiene mucho más protagonismo que en la primera novela, queda perfectamente perfilada a través del conocimiento más exhaustivo y el análisis detallado que tenemos de su pasado y que nos ayuda a acercarnos un poco más a ellos ya que aun no compartiendo ni empatizando con sus actitudes y caracteres, se nos representan como unos personajes sólidos, con un bagaje pasado que ha labrado su presente y su futuro. Y es que en esta novela, a través de pequeños viajes al pasado, encontraremos respuesta a preguntas que se quedaron en el aire en la primera novela
César Pérez Gellida
Ambientada en Trieste y Belgrado como escenarios principales, el autor nos hace viajar y pasear por las calles de ambas ciudades al igual que hizo con Valladolid. En esta ocasión, no conozco ninguna de las dos ubicaciones pero el autor ha conseguido describirlas de forma que me parecía estar viéndolas. En estas dos ciudades se desarrollan las dos tramas de la novela. Por un lado, Augusto, huyendo de España, se ha trasladado a la ciudad de Trieste como homenaje a su adorado James Joyce. A esta misma ciudad viajará el inspector  Ramiro Sancho en cuanto tiene conocimiento de la presencia de Augusto en ella. Y, por otro lado,  Carapocha y su hija Erika se encuentran en Belgrado con la intención de ajustar algunas cuentas pendientes del pasado de Carapocha. A la par que se desarrollan estas dos tramas principales, que terminarán confluyendo y de qué manera, saltaremos al pasado viajando a otras localizaciones como Nueva York y Berlín para conocer cómo se gestó la particular relación entre Carapocha y Orestes.
Con dos narradores, en primera persona para los capítulos centrados en la visión de Augusto y a través de un narrador omnisciente para el resto, “Dies irae” es una novela que empieza con buen ritmo y se mantiene así durante toda la lectura. En este aspecto he notado cierta mejoría en relación con “Memento mori”, en la cual sí encontré menos control a la hora de dosificar la tensión. Aún así, y aunque las sorpresas se van sucediendo a lo largo del libro, el autor se reserva su mejor baza para el final ofreciéndonos así una apoteosis que ni en mis mayores delirios me planteé. No sé qué nos espera en la tercera y última entrega pero presiento una novela más allá del infarto porque de esos ya tenemos unos cuantos en "Dies irae".
Mención especial merece el contexto histórico de la Guerra de los Balcanes, aspecto en el que además podemos intuir la importante labor de documentación que ha llevado a cabo el autor. Las partes dedicadas al conflicto, a sus causas y a su desarrollo, puede que hayan ralentizado el ritmo de lectura en algunos lectores. Personalmente no ha sido mi caso, quizá porque se trata de una guerra muy cercana en el tiempo y en el espacio y que muchos vivimos casi en directo a través de la televisión, asistiendo perplejos y horrorizados a lo que estaba ocurriendo en el corazón de la civilizada Europa. Como dije en la reseña de otro libro ambientado en este conflicto, concretamente en el asedio de Sarajevo,  el odio duerme en muchos corazones, incluso en los de aquellos que un poco antes habían estado aplaudiendo juntos unas Olimpiadas. De nuevo, como en tantas ocasiones, la realidad supera a la ficción y  el autor, a pesar de darnos numerosos datos, fechas, cifras, localizaciones, nos cuenta esa realidad de una forma sencilla y nos da una auténtica lección de historia reciente. Chapeau César.
No puedo terminar esta reseña sin mencionar el fantástico prólogo a cargo de Jon Sistiaga en el que nos habla de La mirada de las 200 yardas. Sobrecogedora esta lectura sobre la mirada sin vida de los soldados inmersos en una guerra, una mirada que anuncia haberlo perdido todo. Esto es empezar una novela con escalofríos.
Y de nuevo mi fetichismo con los títulos. Dies irae. Día de la ira. Casi la que me invade de pensar que tengo que esperar aún unos meses para poder leer la tercera entrega, Consummatum est. Todo se ha acabado. Por favor, César, todo todo no. Todo Augusto, todo Sancho y todo Carapocha, vale, les echaremos de menos pero lo entendemos. Pero aun sin ellos queremos mucho más de ti.

Ficha técnica
Título: Dies irae
Autora: César Pérez Gellida
Editorial: Suma de Letras
Nº de páginas: 552
ISBN: 9788483655375

27 de noviembre de 2013

Tenemos que hablar de Kevin (Lionel Shriver)


Eva es autora y editora de guías de viaje para gente tan urbana y feliz como ella. Casada desde hace años con Franklin, un fotógrafo de publicidad, decide, con muchas dudas, cerca de los cuarenta años, tener un hijo. Y el producto de tan indecisa decisión será Kevin. Pero casi desde el comienzo, nada se parece a los mitos familiares de la clase media urbana y feliz. Eva siente que Franklin se ha apoderado de su maternidad, convirtiéndola en el mero contenedor del hijo por nacer. Y Kevin es el típico bebé difícil, que tortura con sus llantos, que no quiere comer. Se convertirá en el terror de las niñeras, en un adolescente terrible, en el antihéroe a quien sólo le interesa la belleza de la maldad. Al llegar la sangrienta, mortífera epifanía de Kevin, dos días antes de cumplir los dieciséis años, el niño es un enigma para su madre.

Lionel Shiver nació en 1957 en Carolina del Norte. Periodista y escritora, estudió en la Universidad de Columbia, ha vivido en Nairobi, Belfast y Bangkok, y en la actualidad reside en Londres. Después de varias novelas, en el año 2005 ganó el prestigioso Premio Orange con "Tenemos que hablar de Kevin", una novela que ha suscitado fuertes polémicas y se ha convertido en best seller internacional, que ha consagrado a la autora.


Un niño necesita más de vuestro amor cuando menos lo merece (Emma Bombeck)

"Tenemos que hablar de Kevin" comienza con esta cita. Creo que en líneas generales todos estaremos de acuerdo con esa afirmación aunque quizá tras terminar la lectura de esta novela no seamos capaces de aseverarlo con demasiada rotundidad. Son tantas las lecturas que se pueden hacer de este libro; tantas las preguntas que suscita y que deja en el aire para que sea el propio lector quien las responda, si puede; tantas las reflexiones que encierra, que me va a ser muy difícil contarlo todo y, sobre todo, transmitirlo del modo en que se siente esta novela. Para ello hay que leerla.

Muchos conoceréis la película ya que esta novela fue adaptada al cine por Lynne Ramsay. Yo no la he visto y tampoco creo que lo haga por ahora. Por un lado, porque he quedado demasiado impactada por este libro como para ver tanta crudeza en imágenes. Y, por otro lado, porque a pesar de las buenas críticas que he podido leer sobre ella y sobre su fidelidad a la novela es imposible encerrar en una hora y media o dos todo lo que nos ofrece esta lectura.

Lo primero que me sorprendió, porque no lo esperaba en absoluto, es que se tratara de una novela epistolar aunque hay un único remitente en estas cartas: Eva, la madre de Kevin. Es ella quien a lo largo de las más de seiscientas páginas del libro se dirige a su marido, Franklin, desgranando cómo era su vida antes de tener un hijo, cómo era su trabajo, su relación con él y, sobre todo, cuáles fueron los motivos para tener a Kevin y cómo fue su relación con él desde su nacimiento. Eva nos deja entrever que se vio arrastrada a un embarazo principalmente por amor a su marido, un embarazo que no estaba muy segura de desear y que vivió como algo ajeno a ella misma desde el principio, sintiendo que su marido se había adueñado de su embarazo no dejándola vivirlo de la forma en que ella lo deseaba.


Las mayores dudas de Eva comienzan a raíz del nacimiento de Kevin ya que una vez lo tiene en sus brazos tras un parto difícil no siente ese amor sublime que se presupone toda madre debe sentir al abrazar y tener a su lado a su hijo por primera vez. A través de las reflexiones de la protagonista la autora nos invita a una reflexión sobre la casi obligada maternidad feliz, sobre la plenitud que la llegada de un hijo debe suponer para cualquier madre. Este amor hacia un hijo ¿es automático o se aprende a amar? ¿Y si no aprende una madre a amar a su hijo? Y si por más que lo intente ese amor no brota de su corazón ¿qué camino se puede seguir?


Kevin se perfila, desde bebé, como un niño difícil, no sólo por sus incesantes lloros o por su negativa a comer, cosa muy habitual en algunos bebés, sino por una doblez en su personalidad que aunque siendo bebé pueda achacarse a una respuesta innata a los distintos estímulos por parte de una persona u otra, con el paso del tiempo se va definiendo como una clara toma de posiciones ante el mundo que lo rodea con una sola excepción, su padre. Un padre ausente en casi todos los sentidos porque por un lado paso todo el día trabajando fuera y, por otro lado, y sin duda el más importante y trascendente en este caso, porque vive su paternidad como un compañero de juegos de Kevin. Cuando está en casa se convierte en el aliado de Kevin, aquel que todo lo disculpa y que siempre toma partido por un niño claramente manipulador que utiliza esta alianza como una forma más de castigo a su madre ya que en la relación que se establecerá en la pareja tras el nacimiento de Kevin, siempre subyacerá la crítica de Franklin hacia Eva de no ser una buena madre.


Lionel Shriver
Toma relevancia en este aspecto lo importante que es en la educación de los hijos no sólo el establecimiento de unos límites sino la necesidad indiscutible de que estos límites estén consensuados entre ambos progenitores, el equipo padres no debe tener ninguna fisura porque cualquier niño se aprovecharía de ello. Si, además, ese niño es Kevin, las consecuencias pueden ser dramáticas. Pero en este caso, Eva está sola, se siente aislada, impotente, sin apoyo y, para colmo, se siente culpable de no ser capaz de amar a su hijo ya que sólo ve en él lo que también veremos los lectores dado que el libro está narrado desde el punto de vista Eva. Kevin es un niño solitario, insensible, frío, cruel, manipulador. Características que con la adolescencia van empeorando.

Este es el ambiente en el que Kevin nace y vive y que en el libro sirve para realizar un análisis del mal y de la mente sociópata. ¿Cuál es la verdadera causa del mal? ¿Se nace así? ¿Debemos achacarlo al neurodeterminismo? ¿O en Kevin ha influido también la falta de amor de su madre desde su nacimiento? ¿Cómo se forja la mente de un asesino adolescente? Una única respuesta quizá sería simplificar demasiado el problema que plantea esta novela, un problema real de nuestra sociedad como es la violencia en los más jóvenes, no sólo en las matanzas perpetradas por adolescentes que nos sobrecogen cuando las vemos en los informativos, no tenemos que irnos a ningún extremo, aunque el libro lo haga, para ver que la violencia se ha convertido en un serio problema que con mayor o menor alcance llega hasta las aulas de nuestros hijos afectando a todos los estratos sociales y a todos los modelos de familia. En este análisis que la novela no hace directamente, sino que va dejándolo leer entre líneas, se añade también la influencia de los medios de comunicación y la violencia siempre presente en televisiones, videojuegos, etc. No podía faltar tampoco en esta crítica a la sociedad en general, una crítica más particular a la sociedad norteamericana, especialmente en lo relativo al uso y accesibilidad de las armas de fuego.

Todo esto nos plantea este libro que, aunque pueda parecer lo contrario por su temática, huye del morbo, no se recrea en los hechos violentos sino que va mucho más allá buscando un origen y rastreando las consecuencias que no se centran exclusivamente en la muerte. Desde el principio sabemos que Kevin ha cometido un acto horrible, no se nos dice explícitamente cuál pero es fácil intuir de qué se trata y sólo muy avanzada la lectura conoceremos los detalles aunque siempre, insisto, sin caer en el morbo fácil que un tema como éste conlleva. Muy al contrario, el análisis que nos ofrece Eva puede resultar en ocasiones incluso frío. Detalla hechos de forma analítica, desgrana detalles para intentar llegar a su causa última. ¿Por qué su hijo es así? ¿Es culpable ella? Eva es perseguida a causa de los actos de su hijo y acepta su parte de responsabilidad. Ella era una profesional de éxito, de clase media alta, acostumbrada a vivir cómodamente, sin que nunca le faltara de nada y, en cambio, en la primera carta que escribe a su marido describe con detalle su nuevo hogar en el que la decrepitud es el carácter más dominante, como una metáfora de su interior, de cómo se siente y de cómo se castiga por no haber atajado o haber tomado alguna determinación ante las pistas que Kevin fue dejando a lo largo de los años sobre su mente enferma, pistas que muchos no vieron pero que ella si percibió y ante las que por diversos motivos no actuó.

El trazado de los personajes es absolutamente magistral. Kevin, un niño que no conoce la empatía ni de lejos, se nos dibuja de un modo apabullante. La autora nos pone rápidamente en la piel de todos ellos de modo que percibimos sus sentimientos, o la ausencia de ellos; asusta la maldad de Kevin casi como si la estuviéramos viviendo en primera persona. El miedo y la soledad de Eva se asoman en cada página llenándonos de angustia. El retrato del padre es también increíble, en él se hace carne el viejo dicho de "no hay mayor ciego que el que no quiere ver" y admito que a veces he tenido ganas de gritarle porque he sentido la impotencia de Eva ante la persona que debería ser su mayor apoyo y que, sin embargo, prefiere esconder la cabeza. Lo dicho, magistrales todos.

Una realidad que asusta en un  libro realmente sobrecogedor y duro que por momentos se hace muy difícil de leer pero que aún así no puedes dejar. Los hechos, en líneas generales, los conocemos desde el principio pero ello no le resta tensión alguna. A lo largo de la lectura, al igual que Eva, no dejaremos de preguntarnos ¿por qué lo hizo? y será sólo al final, un final que me ha impactado, cuando Eva con un miedo atroz a la respuesta se atreverá a pedirle a Kevin "Mírame a los ojos y dime por qué."



Ficha técnica
Título: Tenemos que hablar de Kevin
Autora: Lionel Shriver
Editorial: Anagrama
Traductor: Javier Calzada
Nº de páginas: 616
ISBN: 9788433974440


25 de noviembre de 2013

Esta semana leo... #20


Último lunes de noviembre, estamos casi a punto de finalizar el año y como ya os conté en el post del sábado (aquí), me dedico a incumplir mis promesas y vuelvo a apuntarme a una lectura conjunta para el próximo mes. En este caso se trata de la segunda entrega de la Trilogía del Baztán de Dolores Redondo. Como aún no he leído el primer libro, "El guardián invisible", me he puesto rápidamente con él, lo comencé durante el fin de semana y lo llevo muy avanzado, he leído ya casi la mitad del libro y aunque hay alguna cosa que no termina de convencerme no cabe duda de que la autora sabe cómo crear una trama que engancha sin remedio.

Continuo también esta semana con "Las lunas de Júpiter" de Alice Munro del que sólo leí unas páginas la semana pasada y es que, ciertamente, no valgo para leer dos libros a la vez, al final termino dando prioridad a uno y es lo que me sucedió con "Expiación", lectura que terminé el sábado y que me ha gustado muchísimo, os lo contaré con detalle la próxima semana. En cualquier caso, esta semana me he propuesto firmemente terminar de leer a la última Premio Nobel de Literatura.

Y vosotros ¿qué leéis?